- José Manuel ‘Manu’ y Nuria han convertido un pequeño restaurante familiar, con apenas seis plazas en el interior y una terraza para 35 comensales, en una de las direcciones imprescindibles para descubrir el atún rojo de almadraba en Sanlúcar de Barrameda.
Hay restaurantes en los que uno recuerda un plato. En La Tasquita Tapas, en pleno centro de Sanlúcar, se recuerda también a las personas. Porque detrás de esta pequeña casa de comidas hay un proyecto familiar en el que José Manuel ‘Manu’, chef y propietario, y Nuria, su mujer, han conseguido que la hospitalidad sea casi tan importante como la cocina. Él dirige los fogones con una pasión contagiosa por el producto; ella recibe, aconseja y acompaña al cliente con la cercanía de quien abre las puertas de su propia casa. Esa complicidad se percibe desde el primer momento y explica buena parte de la personalidad del restaurante.
La filosofía de Manu es sencilla de explicar y difícil de ejecutar: comprar cada día producto fresco, respetar la temporada y dejar que la materia prima sea la verdadera protagonista. La creatividad está presente, pero nunca para disfrazar el sabor, sino para potenciarlo. El resultado es una carta viva, donde el mar gaditano manda y el atún rojo de almadraba ocupa un lugar privilegiado.
El restaurante refleja esa misma filosofía. Su reducido comedor interior, con capacidad para apenas seis comensales, invita a disfrutar de una experiencia casi íntima, mientras que la terraza, con unas 35 plazas, permite saborear la cocina de La Tasquita al aire libre, en el ambiente relajado de las calles sanluqueñas, con el mercado de abastos de fondo. Conviene reservar, porque el boca a boca ha convertido el local en una referencia para quienes buscan autenticidad.
La primera sorpresa llega con las alcachofas crujientes con virutas de jamón (5,90 euros). Crujientes por fuera y melosas por dentro, demuestran que la sencillez, cuando se ejecuta con precisión, puede alcanzar cotas de auténtica alta cocina. El jamón aporta el punto salino justo, sin restar protagonismo a una alcachofa tratada con mimo.
La siguiente parada son las ortiguillas sobre pisto y láminas de atún rojo (6,50 euros), uno de esos platos que resumen la esencia de Cádiz en un solo bocado. El intenso sabor marino de las pequeñas ortiguillas encuentra equilibrio en la dulzura del pisto, mientras el atún aparece como un nexo de unión entre la huerta y el océano. Una propuesta tan original como equilibrada.
Pero el gran protagonista es, sin discusión, el atún rojo salvaje de almadraba. Antes incluso de cocinarlo, Manu acerca la pieza a la mesa para mostrar su espectacular infiltración de grasa, ese veteado que recuerda inevitablemente al mejor wagyu japonés. Es una declaración de intenciones. Aquí el atún no es un producto más de la carta; es una cultura, un oficio y una pasión.
La carta le dedica un apartado propio con propuestas que permiten descubrir prácticamente todas sus posibilidades. Desde el tiradito de atún (13,90 euros) o el tartar con trufa negra (14,90 euros) hasta los tiraditos de toro (17,50 euros), la costilla de atún braseada (18 euros) o la extraordinaria carrillera de atún, disponible tanto en tapa (9,50 euros) como en plato (18 euros). Cada corte recibe el tratamiento que merece y cada elaboración demuestra un profundo conocimiento del producto.
Entre los bocados más sorprendentes de la carta destacan las sardinas sobre pan crujiente con queso Payoyo. Una combinación que podría parecer atrevida sobre el papel, pero que funciona con absoluta naturalidad. La intensidad grasa de la sardina encuentra un magnífico aliado en la cremosidad del queso, mientras el pan aporta la textura necesaria para convertir un producto humilde en el plato más inesperado de cena que, sin duda, Manu nos había recomendado comandar. El contraste entre mar y lácteo sorprende por su equilibrio.
La experiencia se completa con una relación calidad-precio difícil de igualar. La mayor parte de las tapas oscila entre 5,90 y 9,50 euros, mientras que los platos principales se sitúan entre 13,90 y 18 euros, cifras muy contenidas para una cocina que trabaja con uno de los productos más apreciados del litoral gaditano.
Pero, por encima de la cocina, permanece el recuerdo del trato recibido. Manu abandona los fogones cuando puede para explicar un corte de atún, recomendar una elaboración o compartir alguna anécdota sobre el producto. Nuria se mueve por la terraza, en la que nos hemos instalado tras un día de intenso calor estival, con la naturalidad de quien disfruta haciendo sentir cómodo al visitante, sin quitar la mirada para observar las caras y movimientos. Esa cercanía convierte la comida en una conversación y hace que el cliente salga con la sensación de haber descubierto algo más que un restaurante.
En una ciudad con una de las ofertas gastronómicas más sólidas de Andalucía, La Tasquita ha encontrado su espacio sin artificios, apoyándose en tres pilares muy difíciles de imitar: un producto excepcional, una cocina que sabe respetarlo y una familia que entiende la restauración como un acto de hospitalidad. Quizá por eso el titular termina siendo inevitable: en La Tasquita, el atún tiene nombre propio… y se llama Manu.